EL RESERO

29 Marzo 2017
Don Segundo Ramírez (Sombra)

Por Carlos Raúl Risso
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Suele decirse que el de “resero”, es oficio gaucho si lo hay, no obstante… nos vamos a encontrar con algunas sorpresas, porque la palabra viene a significar: el que anda con las reses,

sin embargo, la palabra “res” no figura en el léxico del habla gaucha o del hombre rural antiguo. Se la usa sí para definir las calzaduras de un yeguarizo, p. ej. “media res del lao del lazo” si el animal tiene la mano y la pata blanca del lado derecho, y por el contrario sería “media res del lao de montar”; también se la usa en el ámbito del matadero y más delante de la carnicería, cuando partiendo al animal faenado en dos, se habla de “media res”. Pero si en un rodeo se hablaba de echar una cuenta, ni el mayordomo ni el capataz hablaban de contar las reses, sino la hacienda.
El Diccionario de la Real Academia Española, da como primer significado para la palabra “resero”: “persona que cuida de las reses”; y en 3er. lugar, como voz de Argentina y Paraguay: “arreador de reses -y aclara- especialmente de ganado vacuno”.
Si solemos decir que el “Martín Fierro” es “la biblia gaucha”, vale aclarar que Hernández nunca usa la expresión, como tampoco lo hace Del Campo en “Fausto”, ni Ascasubi en “Los Mellizos de La Flor”. ¿Llamativo, verdad? Sí usa Hernández una vez la palabra “res”, en el sentido de faena que ya dijimos: “Carniábamos noche a noche / alguna res en el pago”.
Y esto debe haber sido así, porque Don Ricardo Hoog (1879 / 1963), un estanciero que escribió sobre aspectos criollos de su propia experiencia, aseveró que: “Resero se decía antes a los matarifes y a aquellos que compraban reses; ahora le llaman “reseros” a los peones que se ocupan del arreo de ganado”.
En el primer amago de diccionario propio publicado en 1845 por Francisco Javier Muñiz no se incluye la palabra “resero”; el segundo, un trabajo más amplio reunido por Daniel Granada bajo el título de “Vocabulario Rioplatense Razonado”, tampoco lo hace. Sí contiene la voz pero expresada en el mismo sentido referido por Hoog, un trabajo realizado entre 1875 y 1879, con el título de “Diccionario de Argentinismos”, que se mantuvo inédito hasta hace muy poco -2006-; allí se lee: “Individuo que se ocupa de comprar reses en la campaña para venderlas en los corrales de abasto”.
Octavio Alais (1850/1915), que con el mismo criterio de Hoog escribió sobre sus propias experiencias y publicó en 1902 el trabajo titulado “Libro Criollo”, vuelve en él a repetir la misma consigna: “el resero que va a apartar y conducir la tropa al matadero”.
Todo lo hasta aquí reunido vendría a confirmar que la palabra adquiere el sentido hoy reconocido, a partir de la novela de Güiraldes, “Don Segundo Sombra”, donde ubica a ese su personaje, como un experimentado “resero”. O sea que es en el S. 20 donde la palabra adquiere el significado que le atribuyen los poetas y narradores de cuestiones criollas.
El reconocido y siempre consultado Saubidet (1891/1955), no se juega en su afamado “Vocabulario”, con historiar la palabra y solo define el concepto actualmente conocido de: “Capataz o peón encargado de conducir las tropas de ganado vacuno”. Y el más reciente “El Habla Gaucha” de Capdevila (1926/2007), dice lo mismo con otro ordenamiento de las palabras: “Peón que conduce una tropa de ganado, al mando de un capataz”.
El muy veraz Ambrosio Juan Althaparro (1875 / 1955), en su recomendable “De Mi Pago y De Mi Tiempo – Recuerdos camperos” (1944), en el relato titulado “Un Arreo Nocturno”, cita al resero: “…pronto se oyó, aunque lejano, el grito característico de un resero…”, y parece ser -según dice más adelante- que el mismo era de: “güeya… güeya..”. Acá la duda es que no da ninguna referencia de tiempo, y bien se puede pensar que el suceso haya ocurrido en la primera mitad del S. 20.
Vale señalar que en Uruguay la palabra usada es “tropero”, y en nuestras provincias andinas, a los encargados de trasladar hacienda a Chile se los denominó “remeseros”.
Y ya que dijimos “tropero”, vale aclarar que en el S. 19, en nuestro litoral y algo también en la provincia “porteña”, se denominaba así a la persona encargada de comprar hacienda en distintos establecimientos, con la que después armaba una tropa para trasladar a un mismo destino, generalmente para faena.
Con respecto al Noroeste patrio, podemos agregar que ni Carlos Villafuerte en su “Voces y Costumbres de Catamarca” (1961), ni Julián Cáceres Freyre en su “Diccionario de Regionalismos de la Provincia de la Rioja” (1961), citan las palabras “res” ni “resero”.
Queda claro entonces, que durante el S. 20, con la importancia que cobran los frigoríficos, los “reseros” se ganan un lugar destacado en nuestra vida criolla, hasta que la expansión del tren primero, y luego la de los camiones, lo van relegando hasta su ocaso.
Llegó a existir una credencial para aquellos que estaban registrado, y que era una especie de documento que acreditaba y respaldaba su oficio.
Como un remezón del pasado, aún hoy, a los trabajadores de a caballo del Mercado de Hacienda de Liniers, se los sigue denominando “reseros”.
Como conclusión de lo resumido, podemos afirmar entonces que la expresión “resero” es propia de la primera mitad del S. 20, y por otra parte, sería un regionalismo pampeano, y no una voz de carácter nacional.
Eso sí, tuvo en el siglo pasado amplia difusión, caracterizando un oficio muy respetado; y esto queda de alguna manera confirmado por la poesía popular que siempre lo tuvo presente en sentidos versos, que no fueron ajenos en la producción de Charrúa, Omar Menvielle, Pedro Boloqui, José Alais, Juan Antonio Beherán, entre muchos.
No por nada en la entrada del Mercado de Hacienda de Liniers se erige desde el 25/05/1934 la estatua al “Gaucho Resero” debida al estro creador de Emilio Sarguinet, y así también, allá por 1962 tuvimos una moneda de 10 Pesos cuya efigie reproducía dicha escultura de bronce.
Si bien algo hemos dicho sobre este personaje tan nuestro, sabemos que no está dicha la última palabra.