25Junio2017

El Tradicional

EL BICENTENARIO DEL CRUCE DE LOS ANDES

Por Martín Blanco
Se cumplen 200 años, de quizás o sin quizás, el suceso más importante de la historia militar Argentina. El Cruce de la Cordillera de los Andes, la obra magistral llevada a cabo por el General José Francisco de San Martin, permitió la independencia de Chile “la ciudadela de América” de la metrópoli, y como consecuencia de ello dejó abierto el camino al entonces Virreinato del Perú, el centro del poder español en América. Asimismo, la victoria americana en tierras chilenas contribuyó a afianzar la, por entonces endeble, independencia nacional declarada a escasos meses de la epopeya sanmartiniana.
Desde el momento mismo de la Revolución de Mayo, la toma del Alto Perú fue el objetivo primordial de los patriotas, consientes que, para asegurar la marcha de la revolución era preciso derrotar definitivamente al ejercito realista apostado en Lima. Para el logro del mentado objetivo la estrategia utilizada consistió en realizar la ofensiva al Alto Perú (hoy Bolivia) por el altiplano, para lo cual hubo que sortear la aspereza rocosa e inhóspita de la meseta, la notable amplitud térmica entre el día y la noche, sumado a ello el camino obligado y estrecho que implicaba el camino del Desaguadero.
Puede afirmarse que el Alto Perú fue más una barrera que una vía de penetración a Lima, las derrotas patriotas de Huaqui, Ayohuma y posteriormente Sipe Sipe dan cuenta de ello.
Resultó evidente para San Martin, más aún al hacerse cargo del Ejercito del Norte, que la estrategia del Alto Perú debía ser reformulada, así se lo manifestó en carta a Nicolás Rodríguez Peña “…La Patria no hará camino por este lado del norte que no sea una guerra defensiva y nada más, para eso bastan los valientes gauchos de Salta con dos escuadrones de buenos veteranos (…) Ya le he dicho a usted mi secreto. Un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza para pasar a Chile y acaba así con los godos, apoyando un gobierno de amigos sólidos para concluir también con la anarquía que reina: aliando las fuerzas pasaremos por el mar para tomar Lima. Ese es el camino y no este”.
Para llevar a cabo la tarea, San Martin solicitó en reiteras oportunidades que se lo nombre Gobernador Intendente de Cuyo. Así, el 10 de agosto de 1814, el Director Supremo Gervasio Posadas cumplió el deseo del futuro Libertador, que rápidamente se ganó el beneplácito de la sociedad cuyana.
Ya en funciones, San Martin puso sus esfuerzos en formar su ejército y en poner en marcha una economía para la guerra, desarrollo la agricultura, promovió la ganadería, la industria minera, creo nuevos impuestos y contribuciones, impulso vigorosamente la industria vitivinícola y predicó con el ejemplo renunciando a la mitad de su sueldo de gobernador.
A pocos días de asumir la Gobernación de cuyo, San Martin se enfrentó a la grave dificultad que significó la caída de la Patria Vieja Chilena, el desastre de Rancagua trastocó el plan primigenio, ya el ejército “pequeño y bien disciplinado” no iba a poder apoyarse en un gobierno amigo, Chile había caído nuevamente en manos de España. Mendoza se convirtió en el refugio de los emigrados chilenos, entre ellos venían los líderes de la patria vieja, José Miguel Carrera y Bernardo O´Higgins, y con ellos el germen de la discordia. No se equivocó San Martin al congeniar con el segundo, con quien cultivo una gran amistad que duró hasta la muerte del héroe chileno.
San Martin formó su ejército sobre la base del Regimiento de Granaderos a Caballo, creado a instancias y bajo la orden del futuro Libertador en 1812, los emigrados chilenos, los esclavos y la leva. San Martin estaba dispuesto a formar soldados de “cualquier bicho” como le escribiera a su amado lancero, don Tomas Guido.
San Martin necesitaba conocer con antelación, el territorio por donde debía conducir a las tropas, estamos hablando de una de las más elevadas cadenas montañosas del globo, con alturas que oscilan entre los 4000 y 5000 metros de elevación por sobre el nivel del mar, alcanzando los 7.640 en el Aconcagua. Las condiciones climáticas se hallaban sujetas a las más grandes variaciones conocidas en el país, la temperatura oscilaba entre una máxima de treinta grados y una mínima de 10 grados bajo cero en verano.
Como bien señaló Leopoldo Orstein, al analizar el teatro de operaciones concluyó que “Se trata de una zona cuasi impracticable, sin caminos, solamente podía cruzarse por tortuosas sendas tendidas al borde de precipicios que ascendían luego por abruptas laderas por arriba de los cuatro mil metros de altura, para descender a continuación por campos de hielo cubiertos de penitentes”.
Hay que tener en cuenta, que luego del inmenso esfuerzo que iba a significar cruzar Los Andes, del otro lado esperaba el enemigo dispuesto a dar batalla, que como bien planificó San Martin, iba a concretarse inmediatamente. Como se observa, el Cruce en si mismo era la primer y gran batalla por la liberación de Chile. A este respecto el libertador en carta a su amigo Tomas Guido le confeso que “lo que no me deja dormir no es la resistencia que pueda presentarme el enemigo, sino cruzar esos inmensos montes”.
A las dificultades ya indicadas, hay que adicionar la inferioridad numérica del ejercito de San Martin, respecto al apostado en Chile bajo las ordenes de Casimiro Marco del Pont, las armas patriotas contaban con 5424 hombres, mientras que en Chile habían más del doble, en función de ello, el plan sanmartiniano consistió en dividir su ejército en seis columnas con el objetivo que el enemigo fragmentara sus fuerzas a lo largo de la cordillera (800 kilómetros), ya que no sabía con exactitud por donde confluiría el grueso del ejército de los Andes.
San Martin recurrió a la guerra de “zapa” consistente en socavar el frente interno enemigo para debilitar su potencia combativa antes de librar la batalla decisiva. En este marco se cita con frecuencia la conferencia del Libertador con los indios Pehuenches, a quienes pidió su permiso para transitar por allí con su ejército, a sabiendas que esa noticia iba a llegar a oídos de los realistas chilenos, quienes efectivamente creyeron que el grueso del ejército libertador iba a confluir por el sur de Chile. Cuando advirtieron que finalmente desembocaron por el centro y no por sur, ya quedaba poco por hacer.
Tal era el secreto y el sigilo en torno a este punto, que previo a la partida del ejército, el Mayor José Antonio Álvarez Condarco, que era uno de sus ingenieros, le preguntó a San Martín por dónde viajaría el grueso de la fuerza. El comandante le respondió: "Si mi almohada lo supiera, la quemo". Así era el misterio que el comandante tendió sobre la vía elegida y el día de la partida.
Nada quedó librado al azar, San Martin planificó con exactitud la marcha que debía recorrer cada una de las columnas, en función de los lugares donde había agua y leña, elementos indispensables para los soldados y para las bestias, principalmente las mulas, de las 10.600 mulas que se utilizar para la travesía, solo quedaron en pie 4.600, de los 1.600 caballos que se utilizaron, a pesar de haber sido herrados con doble clavazón, solamente 515 llegaron, de los cuales 200 estaban en perfectas condiciones.
Otra cuestión de vital importancia fue la alimentación de las tropas. La base de la alimentación del ejército libertador fue el “charqui” o “charquichan” también llamado guiso valdiviano, que consistía en carne secada al sol mezclada con grasa , cebolla y agua hirviendo, era un alimento de gran riqueza proteica. Se transportaron aproximadamente cuatro toneladas de charqui y 483 reses para faenar. Estas provisiones previstas para quince días para los más de 5.000 hombres ocuparon 510 mulas y las cargas de vino para ración diaria, 113 mulas.
Las seis columnas por las cuales transito el ejército libertador fueron: El Paso del Planchón a cargo de Ramón Freire con un total de 100 hombres; El Paso del Portillo cuyo jefe era el Capitán José Lemos con 155 hombres; El paso de Uspallata a las órdenes del Brigadier Juan Gregorio de Las Heras con 1700 hombres; El Paso de los Patos a las órdenes del propio San Martin con 3000 hombres; el Paso de Guana a cargo de Juan Manuel Cabot con 140 hombres, y finalmente el Paso de Come Caballos con 130 hombres a las órdenes de Teniente Coronel Francisco Zelada.
Las columnas principales eran las de Uspallata y Los Patos, el resto eran secundarias o ligeras, destinadas a complementar las operaciones centrales con su accionar combinado.
Las primeras en iniciar la marcha fueron las divisiones ligeras, el día 9 de Enero partió la columna de Cabot. A su vez el día 14 partió la división al mando de Freire, más tarde lo harían las tropas a cargo de Lemos. Finalmente, entre el 18 y el 19 de Enero partirían de manera escalonada las dos columnas principales, que el 10 de Febrero confluyeron y se reunieron al pie de la cuesta de Chacabuco, el Cruce de los Andes era ya una realidad.
Como es sabido, una vez concretado el Cruce, tuvo lugar el 12 de Febrero la victoria patriota en Chacabuco, que como bien lo señalo Mitre, fue la primera gran señal de la guerra ofensiva en la lucha emancipadora. Eufórico y lacónico, el 22 de Febrero San Martin le escribió al Director Supremo Juan Martin de Pueyrredón, el hombre que le dio todo su apoyo "... el eco del Patriotismo resuena por todas partes a un tiempo mismo, y al Ejército de los Andes queda para siempre la gloria de decir: en 24 días hemos hecho la Campaña, pasamos las Cordilleras más elevadas del globo, concluimos con los tiranos y dimos la Libertad a Chile".
San Martin, no fue un conquistador, fue un Libertador en sentido cabal, después de derrotar a los enemigos que tuvo enfrente, no tenía intenciones de detentar cargos públicos, ni tampoco forzar la adopción de las formas de gobierno que esos nuevos Estados debían fijar.
Fue un hombre misión, ella era la Independencia de España, por ello cuando observó que su presencia en el Perú representaba un obstáculo para el cumplimiento de aquella, no dudo en renunciar al Protectorado, que fue forzado a asumir, dando inicio a su largo ostracismo, durante el cual siguió brindando sus servicios, ahora con la pluma y no con la espada, para que las potencias europeas reconozcan formalmente a los nuevos Estados independientes.
Recordar a San Martin y a nuestros héroes, es imprescindible para nuestra Nación, es brindar nuestro respeto y gratitud a aquellos que renunciaron a privilegios, fortunas, familias, y soñaron una Patria libre y próspera, no tanto para ellos, sino para las siguientes generaciones. Evocarlos es una obligación y sobre todo una inmejorable fuente de inspiración para aquellos que anhelamos como ellos un país mejor para nuestros hijos.



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