A SANGRE FRÍA

04 Octubre 2017

Por Guillermo Palombo

Tres testimonios contemporáneos y un documento que permiten esclarecer las circunstancias y fecha cierta de la muerte del cacique Cipriano Catriel, ocurrida el 25 de noviembre de 1874.

 LAS FUENTES TESTIMONIALES
Cualquier homicidio reclama establecer la materialidad del hecho y la determinación y responsabilidad de sus autores, cómplices, encubridores e instigadores. Y no es extraño que en cualquier proceso penal los diversos testigos de un hecho, aun cuando digan la verdad, discrepen en cuanto a sus detalles, porque eso depende de múltiples factores, como la distancia, visibilidad según la hora y estado del tiempo, el ángulo de apreciación, la atención prestada al suceso, etc.. No escapa a esa regla el homicidio del cacique Cipriano Catriel, cometido el 25 de noviembre de 1874 en las cercanías del pueblo de Olavarría, en circunstancias tales que justifican el título de esta nota; que de inmediato traerá a la memoria del lector el de la conocida novela de Truman Capote publicada en 1966.
Hubo al menos tres testigos, que nos han dejado sus impresiones, si bien no asentadas en un sumario, en las que es dable advertir contradicciones que es preciso resolver para establecer debidamente los hechos. Se trata de tres oficiales agregados al Ejército Nacional (Julio A. Costa, Jorge Reyes y Domingo Güemes Puch), presentes en el campamento militar cerca de Olavarría, aunque en distintos lugares, en el momento en que se produjo la muerte de Catriel. El primero de ellos lo es solamente de oídas, los dos restantes presenciales, desde diferentes ángulos.

LOS ACONTECIMIENTOS PREVIOS.
En septiembre de 1874, considerando que la elección que consagró Presidente de la República a Nicolás Avellaneda era producto del fraude, el general Bartolomé Mitre se alzó en armas, formando lo que se llamó Ejército Constitucional. En Azul, el alzamiento fue encabezado por el general Ignacio Rivas, a quien se plegó el cacique Ciprano Catriel y su tribu, reuniéndose en Las Flores. Ante el avance del Ejército Nacional los rebeldes retrocedieron hasta las proximidades de Olavarría. Entonces se produjo una revuelta en la tribu, sublevándose Juan José Catriel contra su hermano Cipriano. Tras ello Catriel, Avendaño y siete indígenas huyeron, y perseguidos, fueron a situarse a una legua al sur del pueblo de Olavarría. El 18 de noviembre Juan José con la tribu se presentó ante el coronel Julio Campos, jefe de la columna de vanguardia del Ejército Nacional, sometiéndose. Campos los militarizó, sujetándolos a la misma movilidad y disciplina que las demás fuerzas de su mando, y autorizó al teniente coronel Hilario Lagos para que enviara chasques a Cipriano, intimándolo a que se sometiera. El capitanejo Moreno, encargado de esa misión, fue degollado por Martín Sosa, trompa de órdenes de Cipriano, y por orden de éste. Entonces se produjo una revuelta entre los indios que acompañaban a Cipriano, encabezados por el capitanejo Peralta. El cacique, con una docena de personas, comprendidos familiares suyos y Santiago Avendaño, como a las 9 de la mañana se incorporaron a un grupo de ciudadanos acompañantes del ejército revolucionario, que acampaba a un cuarto de cuadra y a uno de los costados del campamento indio, en un potrero de césped situado en la sierra de las «Dos Hermanas», muy cerca de Olavarría. Para defenderse, este grupo disponía de nueve revólveres, tres «Remingtons» y las lanzas de los pocos indios que acompañaban a Catriel. La indiada de Juan José, que los sitió, atacándolos o retirándose, permaneció en actitud hostil hasta las 16:30.
Conocido el degüello del parlamentario Moreno, para reducir a Cipriano por la fuerza Campos comisionó al teniente coronel Hilario Lagos, quien formó una pequeña columna de 200 hombres (integrada por piquetes de los regimientos «Junín» de la Guardia Nacional, Nº 2 y Nº 3 de Caballería de Línea y algunos indios sometidos que servían como baqueanos) y un cañón de montaña. A las 16:30 un pequeño grupo avanzao de Guardias Nacionales de esa fuerza, con algunos indios, arribó al potrero donde estaba Cipriano. Intimado a rendirse, el cacique así lo hizo, siendo encerrado con su comitiva en un círculo de lanzas. Después llegó Lagos, quien garantizó la vida de los prisioneros, y a las 17:30, recibió orden de Campos de regresar inmediatamente al campamento militar de Olavarría, por lo que se puso en marcha y llegó a la costa del arroyo Tapalqué, a la altura del pueblo de Olavarría, donde se acampó para pasar la noche. Catriel y Avendaño eran conducidos ambos sobre un solo caballo, sin montura, y con los brazos atrás, fuertemente atados con cuerdas.
Al siguiente día llegaron al campamento ocupado por la División del coronel Julio Campos, donde éste, acompañado por el comandante Juan Francisco Vivot recibió a los prisioneros en forma grosera y, un cuarto de hora después, los repartió en los cuerpos a cargo de los comandantes Manuel Rocha y Buenaventura Herrera, donde fueron bien tratados. Se encontraban presentes el capitán Carlos Campos (hermano del Coronel), el teniente de línea agregado N. Reyes, y el Capitán Dr. Zeballos. Cipriano Catriel y Santiago Avendaño quedaron asegurados en «cepo de lazo» (es decir tendidos en el suelo y amarradas sus cuatro extremidades a cuerdas o tientos sujetas a estacas), expuestos a la intemperie tanto de día como de noche.

LA MUERTE DE CIPRIANO CATRIEL SEGÚN LOS RELATOS PUBLICADOS POR ESTANISLAO S. ZEBALLOS EN 1875 Y POR FLORENCIO DEL MÁRMOL EN 1876.
Cinco meses después de la muerte de Catriel, en un editorial redactado por Zeballos, pero publicado sin firma, con el título «Un crimen cometido en presencia del ejército» en el diario «La Prensa» del 3 de abril de 1875, decía: «Los indios lo lancearon [a Cipriano Catriel] casi encima de los cañones de una fuerza de artillería que mandaba un capitán Díaz, si la memoria no es fiel». Y en cuanto a la forma de la muerte nos anoticia: «Catriel […] había propuesto que lo matasen peleando, y no del modo cobarde como lo hicieron. – Proponía pelear con una lanza a los cinco indios que, por ser más bravos, quisiesen designar sus verdugos.– Nada se le concedió! – Fue lanceado bárbaramente a la faz del ejército gubernativo en pleno día, y luego degollado! – Treinta y seis heridas había en su voluminoso cuerpo!».
Florencio Del Mármol, en su libro «Noticias y documentos sobre la Revolución de septiembre de 1874», publicado en 1876, refiere que los prisioneros Cipriano Catriel, Santiago Avendaño y el trompa Martín Sosa, fueron entregados por el coronel Campos a Juan José Catriel, quien los reclamaba para juzgarlos según los usos y costumbres de la tribu. Los tres, que «permanecían con sus brazos vueltos a la espalda y fuertemente amarrados con cuerdas», fueron entregados y enseguida rodeados por los indios que esgrimían sus lanzas. Entonces Cipriano «les dirige algunas palabras en su lengua» pero «Nadie lo atiende; todos le insultan». El cacique «haciendo un esfuerzo supremo con sus miembros hercúleos, rompe sus ligaduras, arranca a la mano del más atrevido la lanza con que se disponía a herirlo,… cuando varias lanzas penetraron en su cuerpo postrándole en tierra, donde entregó la vida apostrofando a sus matadores». Como epílogo, Juan José Catriel, «blandiendo un puñal en la mano derecha, se abalanza colérico al cadáver de su hermano, separa de un golpe la cabeza de su tronco, y en seguida la arroja a una zanja», a la que también fueron echaos los cuerpos de Avendaño y de Martín Sosa, que habían perecido antes que el Cacique, sin lograr romper sus ligaduras.

VERSIÓN TESTIMONIAL DE JULIO A. COSTA.
Julio A Costa (1852-1939), por entonces subteniente abanderado del 1er. Batallón del Regimiento Nº 3 de Línea, refirió años después en su libro «Roca y Tejedor», publicado en 1927, que cuando estaba en el campamento de Olavarría vio a los prisioneros Catriel y Avendaño y que respecto de la muerte de ambos recogió el «relato fiel que me hicieron de ello dos ayudantes mayores del coronel Campos que lo presenciaron, habiendo seguido al grupo de los indios unas cuadras por curiosidad, sin saber lo que iba a suceder». Agrega que, liberados Catriel y Avendaño «los indios se retiraron al paso, y cuando se hubieron distanciado un tanto de Olavarría, guarecidos de la vista del ejército por un accidente de la sierra, se adelantaron al galope en un grupo aparte los sublevados, volvieron caras y formaron en semicírculo a deliberar presididos o azuzados por Catriel. En el otro grupo siguió el cacique Cipriano que iba a pie y sin armas a tomar su caballo en las caballadas, hacia donde marchaban todos para buscar caballos. Cuanto este segundo grupo estuvo cerca del primero, Cipriano Catriel se adelantó solo. Se tenía fe e iba a tomar el toro por las astas. Cuando estuvo cerca se desprendieron del grupo de los sublevados varios indios de lanza en tropel […] Uno de ellos atravesó con su lanza a don Santiago Avendaño. El otro le apuntó un bote de lanza al cacique Catriel. Los indios primero apuntan bien y después empujan hasta el otro lado. Es el lanzazo mortal. El cacique, sin retroceder un paso, diestro y formidable como si estuviera frente al toro, le arrebató la lanza de las manos débiles o amedrentadas, y con ella asida con sus dos puños tremendos, y en sus dos brazos como dos trozos de quebracho, les habló así». En este punto, Costa transcribe el texto de un discurso «que tengo como taquigráfica de un indio longevo del Azul, y adivino por mas señas». Vuelve al relato y nos dice que uno le clavó un facón por la espalda a Cipriano, y los demás lo lancearon.

VERSIÓN TESTIMONIAL DE JORGE REYES.
Jorge Reyes (1854-1939), que revistaba en el 2do. Batallón del Regimiento N° 3 de Guardias Nacionales de la Capital, al mando del teniente coronel Manuel Rocha, siendo segundo jefe el teniente coronel Herrera y agregado el teniente coronel Segovia, en su libro «Foja de servicios del Coronel Don Jorge Reyes», publicado en Buenos Aires en 1928, recuerda que estando en Olavarría: «En este último lugar se presentó el indio Catriel, que vestía con presillas de General conjuntamente con su secretario Avendaño, y fueron de inmediato presos, si mal no recuerdo Catriel en el batallón 7 de línea y Avendaño en el 6 de Guardia Nacional de Buenos Aires. Serían como las 8 de la mañana, cuando se presentaron los indios, […] La hora en que aconteció el hecho que paso a relatar, sería como las 9 de la mañana, en el momento en que se relevaban todas las guardias de prevención. Mi batallón se encontraba acampado, teniendo a su derecha el 7 de línea, y a la izquierda el 6 de Guardia Nacional, y al ser sacados los presos de las guardias respectivas, Catriel y Avendaño, vinieron a encontrarse frente a la guardia de mi batallón, como a una distancia de 80 metros de su frente. Los dos grupos echaron pie a tierra y mataron a lanza a Catriel y a su secretario, degollándolos inmediatamente, esto fue tan rápido, que no dio tiempo a ninguna intervención de las fuerzas que en ese momento se encontraban formadas haciendo el relevo de las guardias de prevención. El que mandaba las fuerzas de los indios era Juan José Catriel, quien degolló a su hermano Marcelino [sic], quedando él como cacique principal de las Tribus».

VERSIÓN TESTIMONIAL DE DOMINGO GÜEMES PUCH.
Domingo Güemes (1854-1923), era por entonces un alférez que se desempeñaba como ayudante del coronel José Ignacio Garmendia, jefe del batallón «Guardia Provincial» de Buenos Aires, relató fríamente el hecho a su padre Luis Güemes Puch, en carta fechada en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1874 (es decir a un mes del suceso, cuando todo estaba fresco en su memoria). Esa carta, publicada en lo sustancial, aunque incompleta. por el P. Meinrado HUX en su libro «Memorias del ex cautivo Santiago Avendaño» (Buenos Aires, 1999, pp. [21]-[22]), y más recientemente en su integridad por Monseñor Juan Guillermo Durán en su trabajo «La Revolución Mitrista y la trágica muerte del cacique Cipriano Catriel (Olavarría, 1874) Un aporte documental», publicado en la revista «Temas de Historia Argentina y Americana», Nº 23 (Buenos Aires, 2015) refiere: «Yo presencié ese bárbaro espectáculo de una manera casual: Venía del pueblito [de Olavarría] al Campamento cuando vi que los indios, armados de sus chuzas, formaban cuadro, galopaban y hacían mil evoluciones. Me aproximé y vi a Catriel y a Avendaño de pie en el centro. Catriel se paseaba envuelto en una manta azul y echando una mirada terrible sobre los indios. El bandido Avendaño temblaba y suplicaba que no los mataran. Pero los indios echaron pie a tierra y los atravesaron a lanzazos. Catriel, cuando le tiraron el primer lanzazo, tiró la manta hacia atrás y quitó la lanza que le dirigieron al pecho. Pero al mismo tiempo le clavaron otra en la espalda y cayó echándoles una maldición a los indios. Así concluyeron Catriel y su Consejero, los dos bandidos más sanguinarios y crueles de la Pampa».

LA LICENCIA ECLESIÁSTICA OTORGADA EN AZUL EN MAYO DE 1875 PARA DAR SEPULTURA AL CUERPO DE SANTIAGO AVENDAÑO PERMITE DETERMINAR QUE LA FECHA CIERTA DE LA EJECUCIÓN DE CIPRIANO CATRIEL FUE EL 25 DE NOVIEMBRE DE 1874.
¿Cuál fue la fecha exacta de la ejecución de Cipriano Catriel? Florencio Del Marmol afirmó que el hecho ocurrió «En uno de los días de la última década del mes de Noviembre»;. Zeballos , en el editorial del el 3 de abril de 1875, nada expresó, como tampoco lo hizo Costa. Reyes sostuvo que el hecho aconteció el 19 de noviembre de 1874 a las 9 de la mañana Y del extenso relato de Güemes, escrito casi de inmediato (el 23 de diciembre), si bien no dice el día ni la hora, observando las referencias sobre sus desplazamientos y calculando las fechas, puede deducirse que se trató del 25 de noviembre. Como Santiago Avendaño fue ejecutado con Catriel, para aclarar la cuestión viene en nuestro auxilio la licencia eclesiástica para sepultar el cadáver de Avendaño otorgada por el P. Bernardino Legarraga, cura vicario del partido de Azul, el 26 de mayo de 1875, con noticia de dos testigos cuyo texto es el siguiente: «En veinte y seis de mayo del año del Señor de mil ochocientos setenta y cinco, el infrascripto cura vicario de esta Parroquia de Nuestra Señora del Rosario en el Azul dio licencia para sepultar el cadáver de Santiago Avedaño de cuarenta y dos años de edad, natural del país, domiciliado en el Azul, cuyos restos fueron traídos ayer de Olavarría y que murió el día veinte y cinco de noviembre del año 1874, a consecuencia de heridas de lanza inferidas por indios según el testimonio de Pedro Domínguez de veinte y dos años de edad, domiciliado en el Azul y de Víctor Montenegro de veinte y cinco años de edad, domiciliado en el Azul. Recibió los Santos Sacramentos, hizo testamento, por señal de verdad lo firmaron: El cura vicario del Partido, Bernardino Legarraga. Testigo, Pedro Domínguez». Sentada la fecha, resta evaluar en conjunto los testimonios transcriptos apuntando sus coincidencias y contradicciones.

HACIA UNA CORRECTA VALORACIÓN DE LA PRUEBA: LOS TESTIMONIOS DE COSTA, REYES Y GÜEMES CONFRONTADOS CON LOS RELATOS DE ZEBALLOS Y DEL MÁRMOL.
Tal vez las contradicciones podrían aclararse si reuniéramos a los autores de las diferentes versiones a fin de carearlos entre sí. Si Costa, Reyes y Güemes sabían algo más, se llevaron el secreto a la tumba hace un siglo. De modo que trataremos de resolver la cuestión con lo que tenemos, analizando las contradicciones, y teniendo presente los principios de la sana crítica, que no son otros que los de la lógica y la experiencia.
La circunstancia, mencionada por del Mármol, de que Catriel y Avendaño fueron entregados con sus brazos fuertemente amarrados con cuerdas a la espalda no resulta confirmada por ninguno de los tres oficiales mencionados, de cuyos relatos más bien surge que no lo estaban. La versión de Güemes Puch es muy precisa en cuanto a que Catriel tenía las manos libres. La afirmación sostenida por Del Marmol acerca de que al ser rodeado Catriel dirigió algunas palabras en su lengua a sus asesinos, resulta confirmada solamente por Costa, que es el único de los tres que no fue testigo presencial del hecho, sino de oídas por el relato de terceros, y visto con atención el texto del pretendido discurso no resulta creíble por sus términos y es incompatible en su duración con la rapidez de los sucesos. El supuesto discurso nombra a los Incas, al Tahuantisuyu, Atahualpa, José Gabriel Tupac Amaru, los querandíes, San Martín, Francisco Pizarro, Juan Manuel de Rosas, Callvucurá, describe la batalla de San Carlos, el estanciero Miguel Martínez de Hoz, y dice finalmente que quiere morir como el gobernador Dorrego y se arrepiente de sus pecados y perdona a sus enemigos. ¡No falta nada!.Es decir, que tiene todo lo necesario para no merecer credibilidad alguna.
Zeballos, Reyes y Güemes no mencionan tal discurso. Reyes dijo que todo fue muy rápido, de modo que no parece haber existido lugar para semejante perorata. Y Güemes, por su parte, afirma que antes de morir, Cipriano echó una maldición a sus ejecutores, de modo que posiblemente esas palabras fueran las que, después magnificadas, pudieron trascender como discurso, para darle un aspecto épico al suceso.
Mas unánime se presenta lo sostenido por del Mármol en cuanto a que Cipriano paró con sus manos un lanzazo que se le dirigía, pues tal circunstancia aparece confirmada por Costa y Güemes, aunque nada digan al respecto Zeballos ni Reyes.
En cuanto a la participación de Juan José Catriel degollando a su hermano Cipriano, es descripta por Del Mármol de este modo: «Juan José Catriel, el hermano del cacique Cipriano-, el subalterno traidor, con los ojos inyectados en sangre y blandiendo un puñal en la mano derecha, se abalanza colérico al cadáver de su hermano, separa de un golpe la cabeza de su tronco, y en seguida la arroja a una zanja. – En esta zanja fue también echado el cuerpo, así como el de Avendaño y el de Martín, que habían perecido antes que el Cacique ». Tal circunstancia solamente es referida por Reyes, que fue testigo presencial, con mención de Juan José como degollador, en tanto que Zeballos se limita a afirmar que fue degollado, sin indicar por quien. Por su parte Costa y Güemes no mencionan nada al respecto.
Quedan, si bien dentro del marco limitado de tales descripciones, definitivamente esclarecidos los hechos, sus circunstancias, y los autores materiales. Pero: ¿Y el autor mediato que dio la orden? ¿Y los instigadores? Iremos por ellos en una próxima nota, con la pretensión de esclarecer cuestión tan discutida, sin otra finalidad que establecer la verdad histórica y las responsabilidades que correspondan.