EN EL DÍA DE LA TRADICIÓN, JOSÉ HERNÁNDEZ

10 Noviembre 2016
Dibujo: Raúl Oscar Finucci

Fragmento del capítulo dedicado a José Hernández del libro "Todos somos gauchos" de Raúl Oscar Finucci

No podemos, en un libro dedicado a la tradición gaucha, dejar de referirnos a José Rafael Hernández, autor de “El Gaucho Martín Fierro”.

Será esta una escueta semblanza de todo lo que en vida hiciera un hombre que falleció a la edad de 52 años. Hacemos nuestras las palabras de Carlos Alberto Leumann: “La vida de José Hernández no soporta el resumen”.

Corría el año 1806, el 25 de junio los ingleses, haciendo honor a su condición de “imperio”, desembarcan en nuestras costas y entran a la ciudad de Buenos Aires como desfilando, después de alguna breve escaramuza.
Unos días más tarde es cuando los patriotas se organizan. Alzaga y Pueyrredón desarrollan un sistema de guerra de guerrillas para combatir al invasor. William Carr Beresford, al mando de la aventura, recibe información que dice que en el caserío de Perdriel, a unas cinco leguas de la Plaza Mayor, se escondían armas y milicianos. Un grupo de paisanos casi sin poder de fuego y sin uniformes, formado por peones y gauchos de campos vecinos y de la chacra del propio Juan Martín de Pueyrredón.
El 1ro. de agosto en el “Combate de Perdriel”, se enfrentan estos patriotas con el famoso Regimiento 71 de Highlanders (71 de Cazadores Escoceses), los que aún hoy desfilan sin su bandera ya que está en Buenos Aires. Hasta antes de llegar a nuestro suelo, su lema era “Siempre vencedores, jamás vencidos”. Las acciones de desarrollan a escasos cien metros de la casa de Pueyrredón. El único testigo vivo de aquella heroica defensa, al margen del resultado, es un ombú que aún da sombra sobre el patio de la casa donde casi treinta años más tarde naciera el máximo poeta de la argentinidad.
Es entonces el 10 de noviembre de 1834 cuando nace José Rafael Hernández, en la chacra de su tío, el que después del mencionado combate, y con su dinero, crea el prestigioso regimiento de “Húsares de Pueyrredón” frente al recuerdo del combate que se librara para reconquistar la ciudad de Buenos Aires, entre gauchos y amor a la patria.
Hernández fue poeta, escritor, periodista, taquígrafo del Senado de la Confederación, militar, editor, librero, fiscal de Estado y Ministro de Hacienda de la provincia de Corrientes, productor agropecuario, senador en la legislatura de Buenos Aires, vocal del Consejo Nacional de Educación, vocal del directorio del Banco de Préstamo, dirigió la Cruz Roja Argentina y le dio el nombre a la ciudad de La Plata. Mucho en cincuenta y dos años de vida.
Su padre fue Rafael Hernández y su madre Isabel Pueyrredón, por tanto era primo del pintor Prilidiano Pueyrredón. Como escribiera Zorraquín Becú, Hernández poseía un “genuino y ejemplar patriciado criollo”.
Su abuelo, José Gregorio Hernández Plata era español, fue miembro del Cabildo y encargado de la construcción de la Recova vieja que cruzaba la hoy Plaza de Mayo. Se oponía al casamiento de su hijo porque ambos eran muy jóvenes (20 años él y 19 años ella). A pesar de su férrea convicción y desagradable encierro en su idea, cuando José Hernández es bautizado, él lo entra en brazos para ser su padrino. La madrina fue la Virgen de la Merced, ya que por alguna creencia religiosa difícil de comprobar, ninguna mujer presenció la ceremonia.
Una muy especial madrina, para un muy especial ser humano.

Un detalle no menor, es que los Hernández eran federales y los Pueyrredón unitarios, lo que no facilitaba la relación familiar.
En 1840 las cosas no estaban bien para el gobernador don Juan Manuel de Rosas “Restaurador de las Leyes”. Los coraceros de Lavalle se acercaban a Buenos Aires y, para más, la flota francesa bloquea los puertos de la Confederación, Rosas decide entonces “apretar las clavijas”; se está con él o contra él. Se complicaba la situación de los unitarios relevantes.
Una tarde, a la oración, un mulato de a caballo, simulando estar borracho, se acerca a la casa. La familia, como es costumbre, sale a ver quien es el forastero. Este advierte de la llegada de la “Mazorca” (la policía rosista), y haciendo el clásico ademán de degüello dice: “No se va a salvar ni ésta”, señalando a Magdalena, la hermana más pequeña del futuro poeta. El mensajero era nada menos que un asistente de Juan José Hernández, su tío, jefe de la caballería del Restaurador.
Apenas llegada la noche, la familia sale de la chacra en una volanta rumbo a Buenos Aires y dejan al pequeño José, de seis años, con su abuelo paterno en su quinta de Barracas. La marcha de los Pueyrredón sigue hacia el destierro en Río de Janeiro.
Triste momento para un niño que tenía a su padre trabajando en los campos del Sur y a su madre lejos, fuera del país.
Su tía, “Mamá Totó”, le había enseñado a leer, por cuanto ingresa a sus siete años al prestigioso Liceo Argentino de San Telmo, con la ventaja que aquello significa.
Como destacado alumno es becado por la institución, y no paga la cuota mensual.
Era dueño, dicen, de una memoria envidiable y de rápida percepción. Dicen que luego de leer detenidamente, una página llena de palabras sueltas, era capaz de repetirlas en orden y sin faltarle una.
Ya de chico, entre escapadas al campo y boliches cercanos, solía deslumbrarse con el canto de los payadores.
La desgracia de perder a su madre de treinta y un años, la sufre el 11 de julio de 1843. Tenía él, solo nueve.
Años más tarde, en 1846, su padre, para aliviar a su abuelo y porque era necesario aliviarle el asma al niño, lo lleva al campo, donde convivirá con los gauchos, sus saberes y pesares. Una nueva vida comenzaba.
En Camarones y en Laguna de los Padres, en dos estancias que administraba su padre, aprendió a jinetear y las destrezas que los gauchos realizaban, según relatara su hermano Rafael: “de las que hoy no se tiene idea”.
En esos campos cimarrones, escribe Hernández en su “Instrucción del estanciero” editado en 1882, “había veinte, treinta y hasta setenta mil yeguas alzadas”, eran campos recién ganados al indio.
Describe con pasión que las inmensas manadas que conoció, estaban compuestas por yeguarizos de mediana edad, de unos diez años, que nunca habían sentido el rigor del hombre; allí se hacían los buenos enlazadores, pialadores y jinetes.
Es dable citar una y otra vez a William Mac Cann, quien en 1847 dio testimonio de lo que le tocó vivir al poeta, quien vuelve a maravillarse con su propio relato: “Los rodeos eran inmensos, de diez, de quince mil cabezas y hasta de más; y las recogidas se hacían diariamente, invierno y verano. A media noche estaban ya levantándose el capataz y los peones encargados de ese trabajo. Había algunas estancias en que el trabajo de marcación duraba de enero a enero, sin concluir jamás. Se herraban setenta mil terneros todos los años”.
Hernández vivió esas experiencias hasta sus diez y ocho años. No era, por razones que ya he abordado, un gaucho, pero si aprendió, realizando sus destrezas y trabajos, y en ruedas de mate, a conocerlo en su fuero interno.
Llegado el año 1852 lo vuelve a alcanzar la desgracia, su padre muere fulminado por un rayo en una terrible noche de tormenta.
El tres de febrero de ese mismo año, Juan Manuel de Rosas, el Restaurador de las Leyes, el estanciero-gaucho, el defensor de la soberanía Nacional, cae en Caseros, traicionado por el general Pacheco quien libera Puente de Marquez y no asiste a la batalla final, ante la unión del Ejército Grande de Urquiza con las fuerzas brasileras y orientales, otra traición a la patria que se deja siempre de lado, cuando se habla del caudillo entrerriano.
Dirá Leumann: “La época es de confusión con la caída de Rosas. Toda la campaña anda revuelta. Del desierto irrumpen los malones con pavor de exterminio, y a veces la noche se aclara por el incendio de las poblaciones”.

El año 53, precisamente el 22 de enero, encuentra a Hernández unido al ejército, junto a las tropas del coronel Pedro Rosas y Belgrano, quien era hijo de Manuel Belgrano y María Josefa Ezcurra, y criado, para ocultar esa unión, por Rosas y doña Encarnación. Hernández se manifestaba federal pero no rosista.
Con este ejército formado por unos centenares de gauchos, con chuzas, carabinas viejas y trabucos, iban los indios de Catriel, junto a los que sufrió su primera derrota militar en el Rincón de San Gregorio, a doce leguas de Chascomús.
Los indios de Pedro Rosas fueron literalmente “borrados” por acción del coronel Juan Francisco Olmos, quien respondía al Estado Mayor. Fue entonces que el coronel Rosas fue tomado prisionero y llevado a San José de Flores.
En memorioso relato, recordó Hernández años después: “El último Rosas que conservaba en el Sud un resto de prestigio, penetró en la Provincia de Buenos Aires en 1852 trayendo en sus filas los indios que se encontraron en la batalla de San Gregorio. Se dispersaron como en Caseros, después de inútiles cargas dadas en medio de sus salvajes alaridos, y desde la costa del Salado hasta sus tolderías, distante más de ochenta leguas, no hicieron sino saquear cuanto hallaron…”
Un tiempo después se encuentra nuevamente en combate, bajo el mando del general Hornos, enfrentando a las tropas de Hilario Lagos quien había puesto sitio a Buenos Aires.
Estas experiencias inolvidables, las volcaría, años más tarde, en artículos periodísticos.
En 1854, después de entrar triunfante con el Gral. Hornos, decide dejar la milicia sin reclamar las jinetas ni el premio que le corresponde como oficial vencedor.
Se dice que por defender a los gauchos se batió a duelo y que por ello abandonó la carrera militar, según la cual era, en ese momento, la acorde a una persona de su clase, según su tío Manuel Pueyrredón, pero nuestro hombre ya había decidido dedicarse a la política.
En 1857 Valentín Alsina asume la gobernación desplazando a Mitre de Buenos Aires, Hernández acuciado por la miseria se va a Paraná, Entre Ríos, trabaja de peón y mozo.
Está del lado de Urquiza, sucesor en el mando de la Confederación, porque había percibido cierta soberbia de los políticos porteños y una animadversión importante hacia el gaucho y el hombre de la campaña, y un europeísmo que se enfrentaba con los intereses nacionales.
Es entonces, trabajando de lo que podía, que un adinerado comerciante lo ve levantar unos enormes bultos que no serían fáciles de cargar para personas de físicos normales, y admirado por su fuerza se pone a conversar con él, descubriendo a un hombre culto y de razonamientos interesantes, que no parecía estar en el lugar indicado. Le ofrece entonces un trabajo que lo relaciona con los ilustrados ministros de Urquiza, quienes son cautivados por su lucidez.