MI PRIMER DESFILE Y EL "TIBURÓN" DE UN AMIGO

04 Octubre 2017

Este texto pertenece al libro "Todos somos gauchos" de Raúl Oscar Finucci.

Mi primer desfile fue luego de la Peregrinación a Luján, con mi institución, el Círculo Criollo “El Rodeo”.
Marchamos en una fría mañana, en que los caballos estaban todos nerviosos; los que se estaban ensillando y aquellos que quedaban en las caballerizas; todos percibían el movimiento, parecían olfatear una mañana distinta. Para mi también lo era. Viajamos hasta Luján el sábado, para participar del desfile del domingo.
La segunda oportunidad en que participé de la Peregrinación a Luján, fue junto a mi hijo Martín, que con sus nueve años montaba un hermoso bayo amedallonado de “La Pipa” de Miguens.
Salimos temprano con los tungos “de lomo hinchado”, y el “Ranquel” se arrastró a corcovear. Dios quiso que Martín aguantara sobre el lomo del montado. Recién salíamos de las caballerizas de Alfonsín, cerquita de “El Rodeo”, y entonces nos detuvimos en la veterinaria del Dr. Alberto Cutain, para que le diera un “sosegate” al bayo y así poder seguir viaje, tranquilos.
Alberto Cutain, con su sección de “Sanidad equina”, fue el primer colaborador que tuvo “El Tradicional”, publicando su primer artículo en la tercera edición, en 1996.
Llegamos finalmente a la ciudad de la Virgen y dejamos los caballos donde habíamos acordado. Mi esposa y mis hijos; María, Lautaro y Josefina, estaban en un viejo hotel junto la esquina de la plaza, que aún se conserva, en diagonal a la Basílica.
Nos hospedamos en el segundo piso. Apenas llegamos, intenté en vano abrir la celosía, estaba como trabada. Quería ver las cruces iluminadas, la sombra recortada de la casa de María, sobre el cielo celeste oscuro del anochecer.
En mi último intento, una hoja se cayó. Intenté en vano tomarla de alguna manera, pero era pesadísima y se me fue entre las manos. Me dio pánico. En la angosta vereda podía haber alguien parado, o tal vez alguien atinaba pasar. Habría sido un desastre. Logré desviarla un poco como para que cayera en la calle, pero junto al cordón de la estrecha vereda estaban estacionados autos que ocupaban toda la cuadra. Muchos autos, pero justo donde cayó la celosía, estaba el auto de mi amigo, quien lamentablemente ya no está con nosotros, Osvaldo Basteiro, que cenaba tranquilo con su esposa Ester, en la parrilla de la esquina.
Bajé las escaleras lo más rápido que pude, desesperado, y cuando llegué, estaba allí: un tiburón con forma de 504.
La celosía parecía una aleta dorsal que entraba unos treinta centímetros en el habitáculo.
Osvaldo, ya avisado, miraba desde la vereda de enfrente, apoyado contra la pared.

Fotografía: Es el hotel de marras en la actualidad. Cerrado pero con nuestro recuerdo eterno.
Se ve la ventana del segundo piso, donde nos hospedábamos. Justo en la de abajo, estaban hospedados Osvaldo y Ester.