Segunda parte de la cabalgata por tierra ranquelina

18 Marzo 2014

Estancia "San Carlos", Luan Toro, Provincia de La Pampa.

Por Raúl Oscar Finucci
Fotografía: Agustín Lorences
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Poco a poco la niebla se fue disipando y el sol hizo la fuerza necesaria como para que el día fuese espléndido. Dejamos atrás los caldenes y algarrobos, la hacienda que se escabullía en el monte a nuestro paso, y fuimos llegando al campo abierto, porque adelante estaban los médanos, una imagen increíble donde aquella definición de “desierto” se hace realidad, aunque sabemos que en las épocas del gaucho no era una definición toponímica sino el significado de “la nada”, la posibilidad de morir a manos del “infiel”.

 

Cuando divisábamos médanos de cierta altura y la columna casi ordenada como en un desfile, seguía a los punteros, Guillermo Bracco pegó un grito señalando a la izquierda de nuestra posición; por la ladera del médano una piara de jabalíes subía corriendo, seguramente al vernos llegar. De pronto los perros se alborotaron y fueron bajo un gran caldén donde un pequeño jabalí se escondía por haberse quedado rezagado. Los perros hicieron su trabajo y el “Ruso” el suyo, para que el chancho salvaje forme parte de la cena.

Fue la primera emoción, la mayoría nunca había estado en una situación así.

Continuamos hasta meternos en los médanos hasta que nos encontramos con la segunda sorpresa para los participantes, ya que estaba preparado un encuentro con el pasado. Allá en la loma, un hombre de vincha y poncho sobre sus hombros, acariciaba la tabla del pescuezo de un caballo oscuro. Antes de llegar a él reuní a todos y les expliqué que era Nazareno, un “Lonco” (Cacique) Ranquel de Victorica, que nos esperaba para ayudarnos a internarnos en su mundo, y les pedía a todos que olvidemos nuestras diferencias con respecto a la Conquista del Desierto, ya que los tradicionalistas, por lo general, tenemos una visión particular de la cuestión del indio. Sería el encuentro de dos culturas…como en épocas de la llegada de los españoles. Acaso suene grandilocuente, pero los que estuvimos allí lo sentimos así.

Nazareno nos recibió con el clásico saludo “marí, marí” y nos invitó a entrar a la “palangana” donde los ranqueles desarrollaron su vida allí en los toldos y donde el agua filtrada por la arena se deposita a pocos centímetros de la superficie y permite tomar agua dulce, lo que escasea en la zona.

Nazareno nos invitó a levantar nuestras palmas al sol para hacer una rogativa que emocionó a todos, como cuando cantamos el himno antes de partir.

Según dijo, pidió por todos los que allí estábamos y por la paz y el bienestar de todos. Fue un momento especial.

Rumbo al almuerzo

Salimos de la “Palangana” acompañados por Nazareno, rumbo a los “Corrales del Salado” donde una campamento improvisado no esperaba para el almuerzo. Allí desensillamos, comimos un buen costillar y nos tiramos a descansar un rato para seguir la cabalgata hasta el campamento donde pasaríamos la noche.

Una vez que llegamos al nuestro “dormitorio” bajo los caldenes, les dimos la segunda sorpresa a los participantes; un resuello y a montar para ir a juntar la hacienda para apartar los terneros que serían capados al día siguiente.

Fue muy divertido el arreo y a la vez trabajoso ya que muchos animales se metían en el monte y había que sacarlos para juntarlos con la tropa. Una vez en los corrales comenzó el aparte. Algunos se metieron a limpiar y separar mientras Omar Nieto se encargó de “la puerta” haciendo trabajar muchísimo a su gateado con gran solvencia. Un gran atajador.

Con Miguel Montero nos ocupamos de recuperar los machitos que pasaban al corral grande para devolverlos con los demás.

En un cruce Santos Martínez me dice: “Qué generoso es Carlitos, no todo el mundo pone a su hacienda a disposición de un montón de tipos para que se diviertan”. Es cierto.

Muy cansados volvimos al campamento, pero muy felices por el “trabajo” realizado. ¿Hay mejor forma de hacer tradición?

En el estanque nos pegamos una lavada y nos preparamos para cenar armando antes las “camas”. Se encendió el grupo electrógeno para que se prendieran las luces y se enfriara la bebida, mientras el “Ruso” y el “Mozo” cuereaban un cordero que junto al jabalí con pelo, conformarían la cena.

Vino de Victorica el cantor Pedro Cabral, que junto a Omar entretuvo ala paisanada que de cansada acompañó cantando bajito pero con ganas. Temprano nos fuimos adormir, aunque un grupito quedó emponchado cerca del fuego, hablando de lo vivido y de cuestiones que hacen a nuestra tradición.

Yo me acosté cuando aún estaban las luces prendidas y al apagarse el equipo tuve la hermosa imagen de las enormes y brillante estrellas apareciendo entre las ramas que me hacían de techo.

Algunas bromas se escuchaban de vez en cuando, que fueron menguando hasta que todos nos quedamos dormidos.

Lunes temprano

Muy temprano se escuchó un grito, casi un sapucai, proveniente del estanque; era el “Ruso” que se estaba lavando, pero antes, cuando era casi de noche, me habían despertado unos fogonazos que semi dormido pensé que eran relámpagos. Grande fue mi sorpresa cuando via a Cristina Bracco tomando fotos de todos los dormidos. Me tapé la cara y traté de conciliar el sueño, hasta el mencionado grito del “Ruso”.

Desayunamos y volvimos mil metros hasta los corrales, porque venía la capada. Se prepararon los pialadores y empezó el trabajo. Nos divertimos mucho con el placer de estar haciendo, una vez más, lo que todo tradicionalista desea; hacer los trabajos del gaucho.

Volvimos para el almuerzo y la siesta, ya que por la tarde nos esperaba el transitar las rastrilladas, esas avenidas por donde la indiada entraba y salía de los malones llevando, a la vuelta, la hacienda robada y las cautivas, entre otros botines de sus incursiones. “Rastrillada”, como hemos explicado, es el nombre que se les daba a esos caminos marcados en la pampa y entre los montes, ya que las largas “chuzas”, eran arrastradas marcando la tierra.

Fue otro momento especial; saber que transitábamos ese camino por donde tantas veces habían pasado los ranqueles. Pisábamos la historia.

Las dos rastrilladas que existen en “San Carlos” están certificadas por la Junta de Estudios Históricos local y por la secretaría de Turismo.

Mucho hablamos de historia durante el trayecto y muy lindo estaba el día.

Entrada la tarde volvimos a la matera de “San Carlos”, desensillamos, encerramos los caballos y después de un baño reparador, todos nos reunimos para cenar porque todo estaba preparado.

Entregamos los certificados de asistencia a cada uno de los participantes y comenzamos los sorteos de los regalos de Mustad Argentina, quien gentilmente, a través de Daniel Pincheira y Diego Cuartero, nos dieron mates, remeras, chalecos y porta documentos que los ganadores recibieron gustosos. También sorteamos libros y finalmente el Grupo asegurador La segunda, a través de Miguel Montero, sorteó cinco coberturas completas de hogar por un año.

Degustamos jamón de ciervo y de jabalí, buenos vinos y buen champagne en el brindis, también obsequio de La Segunda.

No quiero dejar de agradecer la gentileza de Fincas Duval por su productos y sobre todo por su rico vino pampeano “Lejanía”, y ni hablar de la yerba que tomamos todos “Otro camino”, y desde ya a la Dra. Iris Molinero propietaria de la Estancia “La Blanca” por permitirnos acceder a los médanos.

Todos se llevaron premios y varios ganaron tres de ellos.

Fue un gran grupo, da gusto organizar cabalgatas así, por eso Carlos Lorences y familia (dueños de casa), mi esposa Daniela, mi hija Josefina y yo, y Miguel Montero, agradecemos la confianza que en nosotros depositaron todos los inscriptos, quienes viajaron tantos kilómetros para acompañarnos.